Santa Teresa de Jesús

sta-teresa-bis“Dios existe, vivo y operante: Él ha transformado mi vida”. Es el testimonio, lleno de insobornable verdad, que Santa Teresa transmite a todas las almas de buena voluntad.

Santa Teresa de Jesús nació en Ávila el 25 de marzo de 1515 y fue bautizada el 4 de abril. Era hija de don Alonso Sánchez de Cepeda y de su segunda mujer, doña Beatriz Dá­vila y Ahumada. Fue la mayor entre los diez hijos de este matrimonio. Desde muy niña se distinguió por su piedad y buen juicio.

Pasó algunos meses de su juventud en ciertos devaneos frívolos, hasta que cam­bió radicalmente de vida bajo la influencia de unas santas religiosas del convento de agustinas de Santa María de Gra­cia, adonde la había internado su padre, don Alonso. Estaba destinada a triunfar en el mundo. Pero Dios intervino en el rumbo de su escogida: vencida su natural repugnancia a ser monja, tomó el hábito de carmelita en la Encarnación de Ávila el día 2 de noviembre de 1536, a los veintiún años de edad.

Su vida en la Encarnación, aunque muy fervorosa y edi­ficante desde el comienzo, sufrió algunos altibajos. Tras recuperarse de una grave enfermedad, su vida espiritual decayó. Quería conciliar la vida de regalo y comodidad con la vida de oración, afición a Dios con afición a criaturas. “Esto no puede caber en una persona a la vez, pues son con­trarios, y los contrarios se repelen” (S. Juan de la Cruz). Después de años de infidelidades, vuelve a tomar la ora­ción, que ya nunca dejará.

El “toque” de su conversión fue contemplando un cua­dro de Jesús, el “Ecce Homo”. Desde entonces el alma de Teresa se convierte en un volcán en erupción. Entra de lleno en la oración mental, de la que saldrá gran maes­tra. ¿Qué es la oración mental para la santa? “Tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama”. En ese Tratar de Amistad pasa por todos los grados has­ta las últimas “Moradas”. Ésta es la oración para Santa Teresa, cordial, elevada, enderezada a amar: “El aprovechamiento del alma no está en pensar mucho, sino en amar mucho”. Para quien crea que el fruto de la oración son los gustos y consola­ciones del espíritu, avisa: “No está el amor de Dios en tener lágrimas… sino en servir con justicia y fortaleza de ánima y humildad”.

Desde aquel día se en­tregó con tal ardor al ejercicio del amor divino, que en poco tiempo alcanzó las más altas cumbres de la unión mís­tica con Dios. Sólo dos años después –en mayo de 1556– celebró Santa Teresa su místico desposorio con Cristo, y en 1560 recibió la insigne gracia de la transverberación en casa de su amiga doña Guiomar de Ulloa.

En 1562, siente los primeros impulsos reformadores. ¿Por qué no volver al fer­vor y rigor de la Regla primitiva? En donde estaba había unas doscientas mujeres… poco tra­to con Dios y mucho trato con el mundo, sin rigurosa clausura. Pone todas sus fuer­zas en la empresa: ha comprendido la vo­luntad de Dios y obra “virilmente”, saltan­do a la lucha.

Trata de fundar en estrecha pobreza, pero muchos intentan disuadirla. “¿A quién pide consejo? ¿A gentes que no son santas, que no viven el Evangelio? Le aconsejarán mal”. Teresa escuchó estas palabras de San Pedro de Alcántara, franciscano y consejero suyo, al enterarse de que la santa, presionada por prelados y seglares prudentes, iba a relajar la pobreza evangélica poniendo ren­tas en sus monasterios. Y fiada en el Señor que “Nunca dejará a sus amados cuando por sólo Él se aventuran”, Funda su primer convento: San José, en Ávila.

Esperaba permanecer allí, su amor a Cristo la empujan a fundar más monas­terios donde Dios sea servido con más per­fección. Surgen los conventos de Medina del Campo, Malagón, Valladolid,… unos dieciséis, y Duruelo, de los carmelitas descalzos con San Juan de la Cruz a la cabe­za. En medio de las fundaciones, es llamada al convento de la Encarnación (1571) para ejercer el cargo de Priora. Gran número de las monjas le son hostiles. En una re­unión conmovedora, coloca a la Virgen sobre el sillón prioral, y ella sentada en el suelo. Con tacto exquisito se las gana… Al final de los tres años el relajado convento se había convertido en un paraíso de paz, y la querían reelegir. Tuvo que intervenir el rey para que la dejaran marchar a sus fundaciones.

Santa Teresa desarrolla una actividad asombrosa. Va­rios libros escritos por obediencia; un abundante epistolario, con un lenguaje sublime e inimitable. Posee un agudo sentido de la realidad. Con el ejercicio de la presencia de Dios adoctrina a sus monjas: “Entended que, si es en la cocina, también entre los pucheros anda el Señor”.

El 20 de septiembre, a las seis de la tarde, llegó a Alba de Tormes tan enferma, que hubo de acostarse en seguida. Al día siguiente se levantó con mucho esfuerzo para comulgar, y lo mismo hizo algunos otros días, hasta que el día 1 de octubre se acostó para no levantarse más. El día 3 recibió con impresionante fervor los últimos sacramentos, y al día siguiente, 4 de octubre de 1582, murió santísimamente entre las lágrimas y oraciones de sus hijas. Durante su última enfermedad repitió muchas veces con inmensa alegría y gratitud a Dios: “En fin, Señor, soy hija de la Iglesia”. Fue canonizada por Gregorio XV el 12 de marzo de 1622 y fue declarada oficialmente doctora de la Iglesia por el papa Pablo VI el 27 de septiembre de 1970.

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  • jenny

    me gustó el articulo , soy fan de Santa Teresa esta mujer de 1515 pero tan actual a la vez.