Las fiestas de los Santos y su celebración

liturgia11_large(Autor: José Pasqual Siscar Lloré)

 La Iglesia, desde sus primeros tiempos ha tenido a bien recordar a aquellos que dieron testimonio por Cristo, sobre todo, a aquellos que supieron dar la vida y derramar su sangre por Cristo y por el Evangelio. Desde los orígenes de la Iglesia se ha rendido culto, en primer lugar, a los mártires, y más tarde a los llamados en los misales de antaño “confesores”, es decir, que supieron confesar su fe en Cristo en toda su vida, aunque no se les exigiera la vida en ello.
El antiguo misal de san Pio V tenía un santoral prolífico en nombres ilustres pero que en ocasiones desconocidos incluso para los historiadores y hagiógrafos, expertos a quienes se les hacía difícil identificar a muchos de ellos.
Muchas de las fiestas llegaron a repetirse, pues, en ocasiones se celebraban con ocasión de la bendición y consagración de grandes basílicas en honor del santo, además de la consecución de algún milagro, el traslado de su cuerpo, etc. que además fueron potenciadas por algunas órdenes religiosas que, con razón, sí celebraban (y todavía lo hacen) tales acontecimientos. Así, existían dos o tres fiestas de San Miguel, San Francisco o Santiago Apóstol. Además, a esto se añadían las vigilias o las octavas, anticipo o prolongación de las fiestas más solemnes; o no tanto, pues hasta San Lorenzo tenía octava y vigilia.
El Concilio Vaticano II ha intentado remediar esto, pues, como decía Pablo VI en su Carta Apostólica “Mysterii Paschalis”, por la que se aprueban las normas universales sobre el año litúrgico y el nuevo Calendario Romano General, «ciertamente, en el transcurso de los siglos ha acontecido que, por el aumento de las vigilias, de las fiestas religiosas, de sus celebraciones durante octavas y de las diversas inserciones dentro del año litúrgico, los fieles han puesto en práctica, algunas veces, peculiares ejercicios de piedad de tal modo que sus mentes se han visto apartadas en ciertas maneras de los principales misterios de la divina Revelación».
El Concilio nos enseña que la celebración de nuestra fe ha de estar centrada en el misterio pascual de la muerte y resurrección de Cristo; Cristo ha de ser el centro de toda celebración litúrgica, pues en Él se realizó plenamente nuestra reconciliación y se nos dio la plenitud del culto divino.
Como dice el mismo Concilio textualmente, «de la Liturgia, sobre todo de la Eucaristía, mana hacia nosotros la gracia como de su fuente y se obtiene con la máxima eficacia aquella santificación de los hombres en Cristo y aquella glorificación de Dios, a la cual las demás obras de la Iglesia tienden como a su fin».
Con tal fin, la celebración de los santos ha sido reformada y mejorada con el misal de Pablo VI y, posteriormente, con el de Juan Pablo II.
Las fiestas de los Santos nunca prevalecerán sobre la celebración de los misterios de la salvación. Nunca. Además, conviene tener en cuenta que son celebraciones de la Iglesia y que no es lícito que por motivos diversos alterar la manera de celebrar estas fiestas.
Para definir la manera de la celebración de los santos, fue introduciéndose a lo largo del tiempo, una determinada graduación, que hasta antes de la reforma litúrgica, era demasiado complicada. Quizá a alguien le suene lo de doble, semidoble, o términos similares para la celebración de los santos. Además de que, eran todas de obligatoria celebración, con lo que, algunos días, se rezaban 3 o 4 oraciones que,  además de no tener nada que ver, al ser la misa en latín… pues ya sabemos el provecho que se sacaba de aquellas misas, con todo respeto de los que prefieran aquel tipo de celebración, hoy de nuevo permitida.
Así, el Concilio nos ha dejado una escala de celebración de los santos, conforme al cual se celebran las fiestas de los santos:

a) Solemnidad: Son las fiestas más importantes del año, a las que normalmente, llamaríamos “fiestas”. La mayoría de ellas (no todas) son de precepto. Son, por ejemplo Navidad, Epifanía, San José, San Juan, la Asunción, etc.
¿Cómo las podemos distinguir? Su celebración es la misma de todos los domingos: tienen dos lecturas, Gloria, Credo, además, de que, su celebración empieza con las Primeras Vísperas del día anterior. Ya sabemos que los judíos contaban sus días desde la noche anterior, lo cual ocurre en la celebración cristiana de los domingos y, como digo, solemnidades. Son fiestas de mucha importancia que, aunque no todas son de precepto, son importantes en la vida de la Iglesia y en la celebración de los misterios de la fe.
En algunos casos, el misal conserva una “Misa Vespertina de la Vigilia” distinta de la “Misa del Día”: es el resto de las antiguas vigilias.
b) Fiestas: Los santos de importancia relativa, que conviene ser recordados de manera especial por sus méritos, porque tienen especial devoción en la vida de la Iglesia, son celebrados como fiestas. Las fiestas de los Apóstoles son celebradas como tales. Se usa Gloria, y las lecturas que, aunque solo sea una, son propias de la fiesta. Algunas celebraciones del Señor no tan importantes se celebran como fiestas, como la presentación del Señor, o la Exaltación de la Santa Cruz. Son fiestas significativas que destacan en medio de la semana para aquellos que celebran a diario la misa.
c) Memorias: El resto de celebraciones de los santos son memorias, conmemoraciones. Es un término ya usado desde 1915 en calendarios monásticos. Son recuerdos de los Santos en su día de entrada en la gloria, el día de su muerte. Su celebración no presenta demasiados elementos propios en la misa, a excepción de memorias de santos bíblicos o de la Virgen María. Pueden tener carácter obligatorio o libre. Son de carácter obligatorio la celebración de aquellos santos de importancia realmente universal. Así, se han restado del calendario los numerosos santos italianos y franceses que no eran tan conocidos o relevantes, algunos muy desconocidos y se han introducido, sobre todo con el misal de Juan Pablo II, santos de todo el mundo cristiano, incluida Oceanía o América Latina.
Evidentemente, no todos los santos inscritos en el canon de la Iglesia están en el calendario general. El Martirologio Romano presenta la lista completa de los santos y beatos celebrados por la Iglesia. Allí es donde constan sus fechas de celebración, así como una reseña del lugar de celebración (por muerte, predicación o nacimiento en dicho lugar) y de su vida. Cualquiera de los santos, en especial si existe especial devoción puede celebrarse como memoria libre.
La celebración de las fiestas de los santos también ha sido objeto de reforma en los últimos tiempos, desde 1911, con la Divino afflatu de san Pío X. En lo referente a la Misa, ya hemos visto que las solemnidades y las fiestas tienen todos los elementos del formulario propios, o tomados del común. Dependiendo del carácter y la importancia de la fiesta faltaran algunos elementos que servirán para distinguir unas de otras (ya hemos visto, el uso de una o dos lecturas antes del Evangelio, etc.); en las memorias se combinará de tal manera que se podrán insertar elementos propios del Santoral con del Tiempo Litúrgico, con tal de que no se exceda en su celebración, sino que sea un mero recuerdo, que ascenderá dependiendo de la importancia del santo o de la devoción.
Al respecto del modo de celebrar a los santos, desaparecen algunos elementos que en el misal de san Pio V existían: Vigilias, Rogativas, Témporas, Octavas, etc.
Las Octavas son la prolongación por ocho días, a modo de los judíos con sus principales fiestas, de las fiestas correspondientes. Antiguamente, muchas fiestas celebraban octavas, de modo que, aunque esto era costumbre durante la semana (no existían textos propios para las ferias, días entre semana) se repetía la misa durante los ocho días posteriores a fiestas como la Epifanía, Pentecostés, incluso algunos santos no tan importantes como Santa Inés o San Lorenzo. Hoy día solamente quedan reducidas a dos, que sí merecen esta consideración: Navidad y Pascua. Son como una solemnidad durante toda la octava. Es más, durante la Octava de Pascua no se puede celebrar nada más que la Resurrección.
También caen las Rogativas y las Témporas: eran días de penitencia y de petición por distintas intenciones o por los frutos de la tierra. Se organizaban procesiones, letanías, ayunos y ejercicios de piedad con tal de pedir a Dios una determinada intención, alejar las calamidades y ofrecer los frutos de la tierra.
Estas celebraciones no pueden ni deben darse carácter universal, pues cada región tiene sus necesidades y sus fechas para ellas. Solamente con cambiar de hemisferio y de estaciones, las fechas cambian: el comienzo del curso escolar y laboral, o las fechas de plantación y recolección son distintas. Y ahora que la Iglesia no es tan “Italo-centríca”, en el sentido de que todo lo que se aplica a Italia, sirve para todo el mundo cristiano, cada vez más grande, el Concilio ha preferido que estas fechas de especial consagración sean las Conferencias Episcopales las que decidan su uso y fecha. No se ha de perder la costumbre de celebrar estas jornadas de petición en un mundo que tanto sufre y pide por la paz, la justicia, el hambre, la pobreza, y tantos problemas que asedian a los hombres.
Las Vigilias siguen persistiendo cada domingo, como anticipo de la fiesta de la resurrección en el sábado, siguiendo la costumbre judía y también en algunas solemnidades. Ya no se consagra todo el día anterior, solamente tras la hora de nona (las tres de la tarde), en que se pueden rezar las Vísperas del día siguiente. Algunas fiestas, bueno, hablemos con propiedad, solemnidades más importantes, tienen una misa propia para estas vigilias, siendo la principal la de la noche de Pascua. Hoy día las vigilias se usan como jornadas de oración extralitúrgicas durante la noche ante algunas fiestas, como Pentecostés, Navidad, o como suele ser habitual en España, en la Inmaculada Concepción, patrona de nuestro país desde antaño. Para estas noches de oración se recomienda vivamente el uso del Oficio de Lectura, intentando así inculcar entre los fieles el uso de la Liturgia de las Horas.

Una cosa que no me resisto a incluir en este artículo es la referencia a que es la Iglesia la que se encarga, como Madre y Maestra, de ordenar todo lo referido a la celebración de los Santos. Estas reformas introducidas en los últimos años son una forma de ayudar al pueblo de Dios a centrar su celebración litúrgica en Cristo, Mesías y Señor del tiempo y de la Historia, verdadero y único modelo de vida, ante quien en el trono de la gloria se postrarán todos los santos, esa multitud incontable de elegidos.
Se han introducido, además algunos cambios en las fechas (que son, quizá, los más significativos) de celebración de algunos de ellos, buscando su adecuación en el calendario litúrgico, su exactitud en la fecha de deceso o la utilidad pastoral al escoger otra fecha. Muchos santos fueron fijados de manera arbitraria en sus días, siguiendo autores tomados por antiguos que no lo eran.
Sea como fuere, y podremos tratar sobre esto en otro artículo, es la Iglesia la encargada de fijar las fechas en que quiere honrar a sus hijos predilectos. La elección de la fecha forma parte de la formula de canonización, que se anuncia de manera solemne en la misma. Por tanto no es nada correcto que, ante cambios estudiados de manera muy precisa, nosotros, sin más criterio, sigamos usando los días antiguos por pseudo-tradición, costumbre o, quien sabe por qué.
Un caso que veo muy extendido, por ejemplo es la memoria de Santa Rosa de Lima. Sabido es que en América Latina continúa celebrándose el día 30 de agosto, como antaño, pero su cambio al día 23 se ajusta mejor a la fecha de su muerte, acaecida el día siguiente, 24, ocupada por san Bartolomé.
Pese a que a muchos o muchas (si celebran su onomástica) les incomode el cambio de fecha (que no es ni mucho menos reciente sino que tiene casi 40 años) éste no es fruto de la arbitrariedad, sino de un estudio profundo y que ha sido hecho oficial por el magisterio de la Iglesia, por lo que no puede ser tomado a la ligera. Los Santos son patrimonio de la Iglesia y es ella la que se encarga de honrarlos, estableciendo las fechas y el modo de celebración. No debería usarse más día que el establecido por ella, del mismo modo que a nadie se le ocurre celebrar la fiesta nacional de un país, una semana después o antes, porque la fecha elegida no se hace a la ligera, y además, solamente la autoridad del país es la legítima para cualquier cambio o revisión. He puesto este ejemplo, pero sucede con otros muchos.
Del mismo modo pido, al finalizar este artículo un poco de respeto por el modo y la fecha de celebración de las fiestas propias de la Iglesia.
Espero que esto sirva como ayuda para conocer mejor la liturgia de la Iglesia. Un saludo para todos los lectores. Cualquier duda, sugerencia o comentario será de utilidad.

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