ÁGORA cuidadito con la nueva pelicula (Crítica)

Imagínense que hay que explicar con una película la realidad de Norteamérica a alguien que no sabe nada de historia, de culturas, Y para explicarle cómo es América le enseñamos unos planos de unas familias japonesas, entrañables. Luego aparece un avión donde sale un piloto con cara de bruto mascando chicle, y con fotos de playmates pegadas en el salpicadero. Por último vemos cómo ese avión lanza la bomba atómica sobre la ciudad de esas amables familias japonesas. Una vez terminado el cortometraje, se le dice al ignorante espectador: “Ya ves, esto es América”.
Hiroshima existió. Nadie lo duda. Nadie se alegra. Pero el juicio sobre los americanos que se deduce de ese film, ¿es justo? Es una mentira. Aunque Hiroshima sea una verdad.
Esto mismo es lo que sucede con la última película de Amenábar, Ágora: unas bases históricas reales, muchísimo maquillaje y caricatura históricos, para llegar a unas conclusiones completamente equivocadas.
Amenábar vuelve a demostrar que es un grande en el oficio de dirigir películas. Otra cosa es que él decida someter su genio a los imperativos del pensamiento único. Lo más interesante es que Ágora no aparenta ser una película hecha en la era digital, sino que parece que todo decorado es real. La dirección artística es soberbia, y Rachel Weisz hace de Hipatia un personaje memorable. La película es solemne, minuciosa, con un trabajo del sonido espectacular y con unos guiños cosmológicos muy brillantes. Hay mucho cine dentro de Ágora, y por ello es muy fastidioso ver cómo el guión va estropeando la película a medida que avanza.
¿Una película contra la intolerancia?
Ágora es presentada por Amenábar como un film contra la intolerancia. Pero es necesario analizar el marco elegido por el cineasta para su alegato.
El contexto histórico son unos hechos luctuosos perpetrados por cristianos y paganos desmadrados entre los siglos IV y V en Alejandría. Según el historiador de la Iglesia Hubert Jedin, “el suceso más deplorable en el enfrentamiento entre el paganismo y el cristianismo en Egipto fue la muerte de la filósofa pagana Hipatia, que en 415 fue atrozmente asesinada, tras haber sufrido graves injurias, por una chusma fanatizada” (1).
Amenábar carga las tintas, descontextualiza y simplifica al máximo ciertos personajes como San Cirilo o Amonio. Aquellos hechos reprobables se sitúan, por tanto, en el contexto de la confrontación de dos cosmovisiones, de dos culturas, la pagana y la cristiana, y es ahí precisamente donde Amenábar quiere aprovechar para proponer su propia filosofía de la historia: si el paganismo fue luz, el cristianismo es oscuridad; si el paganismo fue progreso, el cristianismo supuso una marcha atrás en la cultura, en la civilización, en la filosofía y en la ciencia.
No es una metáfora caprichosa: en Ágora, los paganos visten de blanco (Hipatia), y los cristianos de gris o de negro (Amonio, Cirilo). A este esquema bipolar, Amenábar añade a lo largo del film una vuelta de tuerca: lo malo no es en realidad el cristianismo, sino cualquier concepción teológica. Ya sean los dioses paganos o el Dios cristiano y judío: la religión oscurece la razón, desprecia a la filosofía y frena la ciencia y el progreso. Frente al escepticismo que genera ver tanta guerra de religión en un kilómetro cuadrado, Hipatia declara: “Yo creo en la Filosofía”.
El cristianismo como verdugo de la cultura
Y ahí reside la relevancia de Ágora, que bajo el envoltorio de una película histórica, propone un juicio muy negativo sobre el valor actual de las religiones en general y del cristianismo en particular. Desmentir esa afirmación precisaría de una biblioteca como la de Alejandría, para documentar someramente lo que el cristianismo ha aportado al progreso de la cultura, del arte, de la ciencia, del derecho, de la filosofía, de la política, de las relaciones internacionales… Pero dicha biblioteca sería insuficiente para ilustrar lo que el cristianismo ha supuesto para el “progreso” personal de millones y millones de hombres y mujeres concretos a lo largo del mundo y de la historia: el “progreso” que viene de encontrarse con Jesús, que promete sin rubor satisfacer los deseos del corazón del hombre.
Esto en Ágora no se intuye ni de lejos. Los cristianos que aparecen son bárbaros, fanáticos, misóginos, violentos y muy visionarios. Y los dos “buenos” cristianos que vemos, Sinesio y Davo, se van contaminando a lo largo del film del oscurantismo circundante.
Quien encarna las características de una antropología cristiana –caridad, benevolencia, serenidad, tolerancia, insobornabilidad, castidad, fraternidad universal, igualdad– es la pagana Hipatia, un personaje que Amenábar vuelve fascinante, ideal de virtud, y dechado de inteligencia y humanidad. Hipatia se propone como una santa laica de las que tanto están de moda.
Un primer argumento a favor del “retroceso” cristiano que se puede desprender de Ágora es el de la inmoralidad de aquel grupo de cristianos pendencieros, que aparecen capitaneados por un san Cirilo cruel y maquiavélico. Ciertamente hay muchos episodios en la historia de la Iglesia por los que un cristiano no se siente orgulloso. Así ha sido siempre y así será, porque la Iglesia la forman pecadores. Incluso los Papas han pedido a veces perdón por errores del pasado. La conciencia del mal y del pecado es tan clara en el seno de la Iglesia que esta instituyó en sus mismos orígenes el sacramento de la penitencia y del perdón. Que se sepa ninguna organización, asociación o partido cuenta con una institución como la confesión, con lo que quizá habría que concluir que nadie como los cristianos tiene tanta conciencia del propio pecado.
Fe contra razón
Más importante en Ágora es el conflicto soterrado –¿incompatibilidad?– que plantea entre razón y fe, entre ciencia y religión. No este el lugar tampoco para explicar y aclarar que la fe es la amiga más fiel de la razón, que lo que Amenábar y tantos otros llaman fe, no es más que una superstición visionaria y esclerótica que nada tiene que ver con el cristianismo. Bastaría con que leyeran algo, por ejemplo la Fides et ratio, para comprender que la fe no es enemiga ni de la ciencia, ni del progreso, ni mucho menos de la razón.
Siempre habrá energúmenos entre las filas de los creyentes, pero que sólo son representativos de su propia equivocación. En este sentido, el magnífico homenaje que Amenábar brinda en este film a la ciencia antigua, y muy en especial a la astronomía, es un homenaje a la razón que cualquier espectador cristiano disfrutará como propio, aunque Amenábar parezca querer oponerlo a los intereses “reducidos” de los cristianos (2).
Por todas estas razones es imposible que un cristiano pueda sentirse históricamente reconocido en la propuesta cinematográfica de Amenábar, muy lastrada por tópicos, prejuicios, esquemas ideológicos y leyendas negras.
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NOTAS
(1) Hubert Jedin, Manual de Historia de la Iglesia, vol. II, Herder, Barcelona, 1990, p. 259.
(2) No hay que olvidar que una figura de la talla intelectual de San Agustín es contemporáneo de Hipatia. Ni que el siguiente paso de gigante en la astronomía fue obra de Nicolás Copérnico en el siglo XV, dentro de una cultura de matriz cristiana. Los que creen que la ciencia se interrumpió durante los “oscuros siglos medievales” harían bien en informarse sobre Robert Grosseteste, Alberto Magno, Roger Bacon, Jean Buridan, Nicolás Oresme…
Una figura vestida con diversos ropajes según las épocas históricas
Hipatia de Alejandría: historia y leyenda
Firmado por Antonio Barnés Vázquez ?Fecha: 23 Septiembre 2009
Hipatia, filósofa en la Alejandría del siglo V, es una figura atrayente por su calidad intelectual, su rectitud de vida y por su trágica muerte. A partir del siglo XVIII, su imagen ha sido vestida con diversos ropajes, según las tendencias de la época: en la Ilustración, como heroína de la razón frente a la religión revelada; en el romanticismo, como idealización del paganismo contrapuesto a la civilización cristiana; y, últimamente, como víctima de la misoginia. Ahora vuelve a la actualidad con la película Ágora, del director español Alejandro Amenábar.
Hipatia de Alejandría nació alrededor del año 355 d.C. Cuando muere asesinada en 415, es de edad avanzada: unos 60 años. “En consecuencia, parece que no existe apoyo legítimo para describir a Hipatia, a la hora de su espantosa muerte, como una mujer joven, dotada de un cuerpo digno de Afrodita y capaz de provocar el sadismo y la lujuria de sus asesinos”, advierte Maria Dzielska en Hipatia de Alejandría (1), fuente principal de este artículo y el libro más riguroso sobre la pensadora.
Hipatia pertenece a una familia destacada de Alejandría. Su padre, Teón, es un científico muy conocido que forma parte del famoso museo de la ciudad, escritor y filósofo interesado por textos herméticos y órficos. La erudición de padre e hija se basa en sus eminentes predecesores alejandrinos, matemáticos y astrónomos.
Maestra de un círculo intelectual
La filosofía es el otro interés de Hipatia. Gracias a los recuerdos expresados en la correspondencia de su discípulo Sinesio de Cirene (2), sabemos mucho más sobre su docencia filosófica que sobre sus investigaciones matemáticas y astronómicas. No conservamos obras de Hipatia. Lo que conocemos de su docencia e investigación nos lo han narrado sus discípulos. Es posible que ella sea la editora de algunos textos académicos, pero no lo sabemos con certeza.
En su hogar de Alejandría Hipatia crea un círculo intelectual formado por discípulos, algunos de los cuales lo frecuentan durante muchos años. Estos jóvenes llegan de Alejandría, de otros lugares de Egipto, y también de Siria, de Cirene y de Constantinopla. Proceden de familias acomodadas e influyentes; con el tiempo alcanzarán destacados puestos civiles y eclesiásticos.
En torno a la maestra sus alumnos forman una comunidad basada en el sistema platónico de las ideas y en lazos interpersonales. Llaman misterios a los conocimientos que les transmite su “guía divina”, y se niegan a compartirlos con personas de rango social inferior, a las que consideran incapaces de comprender cuestiones divinas y cósmicas.
Las clases privadas de Hipatia y sus conferencias públicas también incluyen matemáticas y astronomía, que preparan la inteligencia para la especulación en niveles epistemológicos más elevados. En ocasiones Hipatia participa en las actividades de la polis, y es una consejera estimada tanto por los funcionarios municipales como por los imperiales que visitan Alejandría.
Hipatia posee gran autoridad moral; todas las fuentes concuerdan en que es un modelo de valor ético, rectitud, veracidad, dedicación cívica y proezas intelectuales. La virtud más admirada por sus contemporáneos es su autodominio o sofrosyne, que colorea tanto su conducta como sus cualidades más íntimas; se manifiesta en la abstinencia sexual (permanece virgen hasta el final de su vida), la modestia en el vestir (manto filosófico), la moderación en el modo de vida y una actitud circunspecta con sus alumnos y con los poderosos.
Conflicto político y asesinato
En los años 414-415 Alejandría es testigo del conflicto entre el prefecto Orestes y el patriarca Cirilo. Orestes –también cristiano– resiste obstinadamente los intentos de Cirilo de reducir el campo de acción del poder civil. Se mantiene intransigente incluso cuando Cirilo intenta una reconciliación. Surgen sospechas entre los partidarios de Cirilo de que Hipatia, amiga del prefecto, ha instigado y apoyado su resistencia.
Los monjes atacan a Orestes, y los colaboradores de Cirilo difunden rumores acerca de los estudios de Hipatia relacionados con la magia, hechizos satánicos, etc. El forcejeo entre el patriarca y el prefecto en materia de poder político y de la influencia de la Iglesia sobre los asuntos seculares termina con la muerte de la filósofa. En marzo de 415 una multitud de partidarios de Cirilo ataca la litera de la filósofa cuando daba un paseo por la ciudad, la matan a golpes, y luego despedazan y queman sus restos.
Orestes no sólo renuncia a la lucha contra el patriarca, sino que abandona Alejandría para siempre. La facción eclesiástica paraliza a sus oponentes por el miedo y pacifica la ciudad; sólo los concejales tratan –con escasos resultados– de intervenir ante el emperador.
En la muerte de Hipatia se refleja también el carácter levantisco y exaltado de los alejandrinos, que en aquella época dio lugar a otros crueles asesinatos de figuras públicas. Así, dos obispos impuestos a los alejandrinos por la corte imperial fueron asesinados: Jorge de Capadocia, que en el año 361 fue atado a un camello, despedazado y sus restos quemados; y Proterio, que en el 457 fue arrastrado por las calles y arrojado al fuego. Igualmente, pocos años después del asesinato de Hipatia, en 422, el prefecto imperial fue muerto en un tumulto.
Simpatiza con el cristianismo
No cabe interpretar la muerte de Hipatia como una consecuencia de la política antipagana emprendida por Cirilo. En los primeros años de su patriarcado, Cirilo acaba simplemente con el templo de Isis en Méneuthé, cerca de Canope, reemplazándolo por el culto de santos cristianos. No persigue a los paganos en la misma Alejandría (aquí le preocupan más los heréticos y los judíos). Y hasta los años 420-430 –tiempo después de la muerte de Hipatia– no lanza un ataque contra el pensamiento y las prácticas paganas en su tratado Contra Iulianum, que refuta el Contra Galilaeos de Juliano el Apóstata.
En cualquier caso habría sido difícil atacar o perseguir a Hipatia en razón de su paganismo, porque a diferencia de otros filósofos de la época no es una pagana activa ni devota. De hecho simpatiza con el cristianismo y protege a sus alumnos cristianos. Dos de sus alumnos son consagrados obispos, entre ellos Sinesio de Cirene, quien profesa verdadera veneración a su maestra. Los paganos y los cristianos que estudian con ella se reúnen en un clima de amistad.

agoraImagínense que hay que explicar con una película la realidad de Norteamérica a alguien que no sabe nada de historia, de culturas, Y para explicarle cómo es América le enseñamos unos planos de unas familias japonesas, entrañables. Luego aparece un avión donde sale un piloto con cara de bruto mascando chicle, y con fotos de playmates pegadas en el salpicadero. Por último vemos cómo ese avión lanza la bomba atómica sobre la ciudad de esas amables familias japonesas. Una vez terminado el cortometraje, se le dice al ignorante espectador: “Ya ves, esto es América”.

Hiroshima existió. Nadie lo duda. Nadie se alegra. Pero el juicio sobre los americanos que se deduce de ese film, ¿es justo? Es una mentira. Aunque Hiroshima sea una verdad.

Esto mismo es lo que sucede con la última película de Amenábar, Ágora: unas bases históricas reales, muchísimo maquillaje y caricatura históricos, para llegar a unas conclusiones completamente equivocadas.

Amenábar vuelve a demostrar que es un grande en el oficio de dirigir películas. Otra cosa es que él decida someter su genio a los imperativos del pensamiento único. Lo más interesante es que Ágora no aparenta ser una película hecha en la era digital, sino que parece que todo decorado es real. La dirección artística es soberbia, y Rachel Weisz hace de Hipatia un personaje memorable. La película es solemne, minuciosa, con un trabajo del sonido espectacular y con unos guiños cosmológicos muy brillantes. Hay mucho cine dentro de Ágora, y por ello es muy fastidioso ver cómo el guión va estropeando la película a medida que avanza.

¿Una película contra la intolerancia?

Ágora es presentada por Amenábar como un film contra la intolerancia. Pero es necesario analizar el marco elegido por el cineasta para su alegato.

El contexto histórico son unos hechos luctuosos perpetrados por cristianos y paganos desmadrados entre los siglos IV y V en Alejandría. Según el historiador de la Iglesia Hubert Jedin, “el suceso más deplorable en el enfrentamiento entre el paganismo y el cristianismo en Egipto fue la muerte de la filósofa pagana Hipatia, que en 415 fue atrozmente asesinada, tras haber sufrido graves injurias, por una chusma fanatizada” (1).

Amenábar carga las tintas, descontextualiza y simplifica al máximo ciertos personajes como San Cirilo o Amonio. Aquellos hechos reprobables se sitúan, por tanto, en el contexto de la confrontación de dos cosmovisiones, de dos culturas, la pagana y la cristiana, y es ahí precisamente donde Amenábar quiere aprovechar para proponer su propia filosofía de la historia: si el paganismo fue luz, el cristianismo es oscuridad; si el paganismo fue progreso, el cristianismo supuso una marcha atrás en la cultura, en la civilización, en la filosofía y en la ciencia.

No es una metáfora caprichosa: en Ágora, los paganos visten de blanco (Hipatia), y los cristianos de gris o de negro (Amonio, Cirilo). A este esquema bipolar, Amenábar añade a lo largo del film una vuelta de tuerca: lo malo no es en realidad el cristianismo, sino cualquier concepción teológica. Ya sean los dioses paganos o el Dios cristiano y judío: la religión oscurece la razón, desprecia a la filosofía y frena la ciencia y el progreso. Frente al escepticismo que genera ver tanta guerra de religión en un kilómetro cuadrado, Hipatia declara: “Yo creo en la Filosofía”.

El cristianismo como verdugo de la cultura

Y ahí reside la relevancia de Ágora, que bajo el envoltorio de una película histórica, propone un juicio muy negativo sobre el valor actual de las religiones en general y del cristianismo en particular. Desmentir esa afirmación precisaría de una biblioteca como la de Alejandría, para documentar someramente lo que el cristianismo ha aportado al progreso de la cultura, del arte, de la ciencia, del derecho, de la filosofía, de la política, de las relaciones internacionales… Pero dicha biblioteca sería insuficiente para ilustrar lo que el cristianismo ha supuesto para el “progreso” personal de millones y millones de hombres y mujeres concretos a lo largo del mundo y de la historia: el “progreso” que viene de encontrarse con Jesús, que promete sin rubor satisfacer los deseos del corazón del hombre.

Esto en Ágora no se intuye ni de lejos. Los cristianos que aparecen son bárbaros, fanáticos, misóginos, violentos y muy visionarios. Y los dos “buenos” cristianos que vemos, Sinesio y Davo, se van contaminando a lo largo del film del oscurantismo circundante.

Quien encarna las características de una antropología cristiana –caridad, benevolencia, serenidad, tolerancia, insobornabilidad, castidad, fraternidad universal, igualdad– es la pagana Hipatia, un personaje que Amenábar vuelve fascinante, ideal de virtud, y dechado de inteligencia y humanidad. Hipatia se propone como una santa laica de las que tanto están de moda.

Un primer argumento a favor del “retroceso” cristiano que se puede desprender de Ágora es el de la inmoralidad de aquel grupo de cristianos pendencieros, que aparecen capitaneados por un san Cirilo cruel y maquiavélico. Ciertamente hay muchos episodios en la historia de la Iglesia por los que un cristiano no se siente orgulloso. Así ha sido siempre y así será, porque la Iglesia la forman pecadores. Incluso los Papas han pedido a veces perdón por errores del pasado. La conciencia del mal y del pecado es tan clara en el seno de la Iglesia que esta instituyó en sus mismos orígenes el sacramento de la penitencia y del perdón. Que se sepa ninguna organización, asociación o partido cuenta con una institución como la confesión, con lo que quizá habría que concluir que nadie como los cristianos tiene tanta conciencia del propio pecado.

Fe contra razón

Más importante en Ágora es el conflicto soterrado –¿incompatibilidad?– que plantea entre razón y fe, entre ciencia y religión. No este el lugar tampoco para explicar y aclarar que la fe es la amiga más fiel de la razón, que lo que Amenábar y tantos otros llaman fe, no es más que una superstición visionaria y esclerótica que nada tiene que ver con el cristianismo. Bastaría con que leyeran algo, por ejemplo la Fides et ratio, para comprender que la fe no es enemiga ni de la ciencia, ni del progreso, ni mucho menos de la razón.

Siempre habrá energúmenos entre las filas de los creyentes, pero que sólo son representativos de su propia equivocación. En este sentido, el magnífico homenaje que Amenábar brinda en este film a la ciencia antigua, y muy en especial a la astronomía, es un homenaje a la razón que cualquier espectador cristiano disfrutará como propio, aunque Amenábar parezca querer oponerlo a los intereses “reducidos” de los cristianos (2).

Por todas estas razones es imposible que un cristiano pueda sentirse históricamente reconocido en la propuesta cinematográfica de Amenábar, muy lastrada por tópicos, prejuicios, esquemas ideológicos y leyendas negras.

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NOTAS

(1) Hubert Jedin, Manual de Historia de la Iglesia, vol. II, Herder, Barcelona, 1990, p. 259.

(2) No hay que olvidar que una figura de la talla intelectual de San Agustín es contemporáneo de Hipatia. Ni que el siguiente paso de gigante en la astronomía fue obra de Nicolás Copérnico en el siglo XV, dentro de una cultura de matriz cristiana. Los que creen que la ciencia se interrumpió durante los “oscuros siglos medievales” harían bien en informarse sobre Robert Grosseteste, Alberto Magno, Roger Bacon, Jean Buridan, Nicolás Oresme…

Una figura vestida con diversos ropajes según las épocas históricas

Hipatia de Alejandría: historia y leyenda

Firmado por Antonio Barnés Vázquez ?Fecha: 23 Septiembre 2009

Hipatia, filósofa en la Alejandría del siglo V, es una figura atrayente por su calidad intelectual, su rectitud de vida y por su trágica muerte. A partir del siglo XVIII, su imagen ha sido vestida con diversos ropajes, según las tendencias de la época: en la Ilustración, como heroína de la razón frente a la religión revelada; en el romanticismo, como idealización del paganismo contrapuesto a la civilización cristiana; y, últimamente, como víctima de la misoginia. Ahora vuelve a la actualidad con la película Ágora, del director español Alejandro Amenábar.

Hipatia de Alejandría nació alrededor del año 355 d.C. Cuando muere asesinada en 415, es de edad avanzada: unos 60 años. “En consecuencia, parece que no existe apoyo legítimo para describir a Hipatia, a la hora de su espantosa muerte, como una mujer joven, dotada de un cuerpo digno de Afrodita y capaz de provocar el sadismo y la lujuria de sus asesinos”, advierte Maria Dzielska en Hipatia de Alejandría (1), fuente principal de este artículo y el libro más riguroso sobre la pensadora.

Hipatia pertenece a una familia destacada de Alejandría. Su padre, Teón, es un científico muy conocido que forma parte del famoso museo de la ciudad, escritor y filósofo interesado por textos herméticos y órficos. La erudición de padre e hija se basa en sus eminentes predecesores alejandrinos, matemáticos y astrónomos.

Maestra de un círculo intelectual

La filosofía es el otro interés de Hipatia. Gracias a los recuerdos expresados en la correspondencia de su discípulo Sinesio de Cirene (2), sabemos mucho más sobre su docencia filosófica que sobre sus investigaciones matemáticas y astronómicas. No conservamos obras de Hipatia. Lo que conocemos de su docencia e investigación nos lo han narrado sus discípulos. Es posible que ella sea la editora de algunos textos académicos, pero no lo sabemos con certeza.

En su hogar de Alejandría Hipatia crea un círculo intelectual formado por discípulos, algunos de los cuales lo frecuentan durante muchos años. Estos jóvenes llegan de Alejandría, de otros lugares de Egipto, y también de Siria, de Cirene y de Constantinopla. Proceden de familias acomodadas e influyentes; con el tiempo alcanzarán destacados puestos civiles y eclesiásticos.

En torno a la maestra sus alumnos forman una comunidad basada en el sistema platónico de las ideas y en lazos interpersonales. Llaman misterios a los conocimientos que les transmite su “guía divina”, y se niegan a compartirlos con personas de rango social inferior, a las que consideran incapaces de comprender cuestiones divinas y cósmicas.

Las clases privadas de Hipatia y sus conferencias públicas también incluyen matemáticas y astronomía, que preparan la inteligencia para la especulación en niveles epistemológicos más elevados. En ocasiones Hipatia participa en las actividades de la polis, y es una consejera estimada tanto por los funcionarios municipales como por los imperiales que visitan Alejandría.

Hipatia posee gran autoridad moral; todas las fuentes concuerdan en que es un modelo de valor ético, rectitud, veracidad, dedicación cívica y proezas intelectuales. La virtud más admirada por sus contemporáneos es su autodominio o sofrosyne, que colorea tanto su conducta como sus cualidades más íntimas; se manifiesta en la abstinencia sexual (permanece virgen hasta el final de su vida), la modestia en el vestir (manto filosófico), la moderación en el modo de vida y una actitud circunspecta con sus alumnos y con los poderosos.

Conflicto político y asesinato

En los años 414-415 Alejandría es testigo del conflicto entre el prefecto Orestes y el patriarca Cirilo. Orestes –también cristiano– resiste obstinadamente los intentos de Cirilo de reducir el campo de acción del poder civil. Se mantiene intransigente incluso cuando Cirilo intenta una reconciliación. Surgen sospechas entre los partidarios de Cirilo de que Hipatia, amiga del prefecto, ha instigado y apoyado su resistencia.

Los monjes atacan a Orestes, y los colaboradores de Cirilo difunden rumores acerca de los estudios de Hipatia relacionados con la magia, hechizos satánicos, etc. El forcejeo entre el patriarca y el prefecto en materia de poder político y de la influencia de la Iglesia sobre los asuntos seculares termina con la muerte de la filósofa. En marzo de 415 una multitud de partidarios de Cirilo ataca la litera de la filósofa cuando daba un paseo por la ciudad, la matan a golpes, y luego despedazan y queman sus restos.

Orestes no sólo renuncia a la lucha contra el patriarca, sino que abandona Alejandría para siempre. La facción eclesiástica paraliza a sus oponentes por el miedo y pacifica la ciudad; sólo los concejales tratan –con escasos resultados– de intervenir ante el emperador.

En la muerte de Hipatia se refleja también el carácter levantisco y exaltado de los alejandrinos, que en aquella época dio lugar a otros crueles asesinatos de figuras públicas. Así, dos obispos impuestos a los alejandrinos por la corte imperial fueron asesinados: Jorge de Capadocia, que en el año 361 fue atado a un camello, despedazado y sus restos quemados; y Proterio, que en el 457 fue arrastrado por las calles y arrojado al fuego. Igualmente, pocos años después del asesinato de Hipatia, en 422, el prefecto imperial fue muerto en un tumulto.

Simpatiza con el cristianismo

No cabe interpretar la muerte de Hipatia como una consecuencia de la política antipagana emprendida por Cirilo. En los primeros años de su patriarcado, Cirilo acaba simplemente con el templo de Isis en Méneuthé, cerca de Canope, reemplazándolo por el culto de santos cristianos. No persigue a los paganos en la misma Alejandría (aquí le preocupan más los heréticos y los judíos). Y hasta los años 420-430 –tiempo después de la muerte de Hipatia– no lanza un ataque contra el pensamiento y las prácticas paganas en su tratado Contra Iulianum, que refuta el Contra Galilaeos de Juliano el Apóstata.

En cualquier caso habría sido difícil atacar o perseguir a Hipatia en razón de su paganismo, porque a diferencia de otros filósofos de la época no es una pagana activa ni devota. De hecho simpatiza con el cristianismo y protege a sus alumnos cristianos. Dos de sus alumnos son consagrados obispos, entre ellos Sinesio de Cirene, quien profesa verdadera veneración a su maestra. Los paganos y los cristianos que estudian con ella se reúnen en un clima de amistad.

Durante el gobierno de Teófilo, el predecesor de Cirilo, la Iglesia no dificulta sus actividades en la ciudad, en reconocimiento a sus ideas y a su posición. En consecuencia, los seguidores de Cirilo, privados de la oportunidad de atacarla esgrimiendo su paganismo, tienen que acusarla de brujería, de magia negra.

No es “la última de los helenos”

No cabe, por lo tanto, llorar a Hipatia como “la última de los helenos” o mantener que su muerte supone la desaparición de la ciencia y la filosofía alejandrinas.

La religiosidad pagana no expira con Hipatia, como tampoco lo hacen ni las matemáticas ni la filosofía griegas. Después de su muerte, el filósofo Hierocles inicia una rama bastante notable de neoplatonismo ecléctico en Alejandría.

Hasta la invasión de los árabes los filósofos siguen elaborando las enseñanzas de Platón, de Aristóteles (cuya popularidad aumenta en Alejandría durante aquel tiempo) y de los neoplatónicos desde Plotino hasta sus mismos contemporáneos.

De acuerdo con la tradición alejandrina, prosiguen los estudios de matemáticas y astronomía, de modo que la escuela de Alejandría logra sus mayores éxitos a finales del siglo V y comienzos del VI.

También el paganismo perdura, y hasta cierto punto florece incluso, gracias a los “santos” del neoplatonismo que combinaban la filosofía platónica tardía con el servicio ritual y sacerdotal a los dioses.

Hipatia se sitúa en el umbral de estos avances filosófico-religiosos del siglo V que atraen en gran medida a los estudiosos actuales de la Antigüedad tardía. El círculo intelectual creado por ella en el siglo IV tiene la misma meta fundamental que guiaba a los “santos” del neoplatonismo alejandrino del siglo siguiente: el deseo constante de alcanzar la experiencia religiosa, ideal esencial de la filosofía.

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NOTAS

(1) Maria Dzielska, Hipatia de Alejandría. Siruela. Madrid (2006). 160 págs. 18,50 €. Traducción: José Luis López Muñoz.

(2) Sinesio de Cirene, Cartas. Edición de Francisco A. García Romero. Gredos (1995). 344 págs.

El personaje en la leyenda

Hipatia aparece por primera vez en la literatura europea en el siglo XVIII, en la Ilustración, utilizada como instrumento en las polémicas religiosas y filosóficas.

En 1720, John Toland, protestante, publica un largo ensayo histórico sobre Hipatia, o la historia de una dama de gran belleza, virtud y sabiduría, a la que contrapone “el orgullo, la envidia y la crueldad del arzobispo”. La réplica viene de Thomas Lewis que, también sin muchos matices, escribe La historia de Hipatia, una desvergonzadísima maestra de Alejandría, en defensa de san Cirilo.

También Voltaire en 1736 explota la figura de Hipatia para manifestar la repugnancia que le inspiran la Iglesia y la religión revelada. En un estilo similar al de Toland, escribe Examen importante de milord Bolingbroke o la tumba del fanatismo. Hipatia es asesinada, según Voltaire, porque cree en los dioses helenos, las leyes de la naturaleza racional y la capacidad de la mente humana liberada de dogmas impuestos.

Las versiones reduccionistas de Toland y Voltaire sobre Hipatia marcan la génesis de una leyenda que mezcla verdad y falsedad. Si hubieran consultado sus fuentes antiguas con más perspicacia, habrían detectado en ellas una personalidad mucho más compleja. Esta “víctima de la superstición y de la ignorancia” no sólo cree en el poder redentor de la razón; también busca a Dios a través de la revelación religiosa. Por encima de todo, Hipatia es testaruda, posee una gran delicadeza moral, y defiende el ascetismo tanto como los cristianos dogmáticos que Voltaire y otros presentan como implacables enemigos de “la verdad y el progreso”.

Influido por la Ilustración, el británico Edward Gibbon elabora la leyenda de Hipatia en su obra magna Historia de la decadencia y caída del Imperio romano (1776). Su representación encaja perfectamente con su teoría según la cual la consolidación del cristianismo es la causa principal de la caída de la antigua civilización.

Platón y Afrodita

Hipatia se convertirá también en el siglo XIX en un personaje literario. El francés Charles Leconte de Lisle publica dos versiones de un poema titulado Hypatie, una en 1847 y otra en 1874. La admiración de este autor por la excelencia de los griegos y las ideas helénicas acerca del mundo sobrenatural también aparece en una breve obra dramática, Hipatia y Cirilo (1857). En ella encontramos la misma nostalgia romántica por la Grecia antigua, donde la gente vivía en armonía con la belleza de la naturaleza divinizada y en conformidad con las enseñanzas de sus filósofos: la misma nostalgia que resuena en los poemas de Hölderlin, en los clásicos del “humanismo de Weimar” y en las obras de los neohelénicos ingleses.

Los poemas de Leconte de Lisle se admiran y se leen mucho en el siglo XIX; y la imagen de una Hipatia enamorada de las formas ideales del mundo visible –en contraste con las esferas cerradas del cristianismo rígidamente dogmático de Cirilo– ha sobrevivido hasta nuestros días. Incluso en la actualidad tendemos a asociar la figura de Hipatia con el verso de Lisle “Le souffle de Platon et le corps d’Aphrodite” (el espíritu de Platón y el cuerpo de Afrodita).

Charles Kingsley, clérigo, novelista e historiador inglés, elabora su leyenda en un extenso libro titulado Hipatia o los nuevos enemigos con rostro antiguo (1853). Tiene forma de novela romántica victoriana con un fuerte componente anticatólico. Traducido a varios idiomas europeos, su liberal visión novelística de “la última de los helenos” entretiene a muchos lectores de todo el mundo. Su retrato de Hipatia funciona como símbolo de una civilización que desaparece, como la última víctima de la lucha por rescatar el perfecto mundo griego de armonía, arte y metafísica, divinidad y materialismo, alma y cuerpo. Mucho más que las narraciones de los autores anteriores, el libro de Kingsley promueve y mantiene la idea de que con la muerte de la última idealista del helenismo desaparecen los valores griegos.

Mártir de la misoginia

En la segunda mitad del siglo XIX, los positivistas americanos y británicos presentan a Hipatia básicamente como científica, como la última estudiosa del Oriente griego. Así J.W. Draper, científico americano, considera a Hipatia una figura heroica en el conflicto entre dos poderes de la historia europea: el espíritu libre que busca la verdad en el mundo material frente a la religión supersticiosa (representada por la Iglesia) que esclaviza la razón.

De acuerdo con el espíritu de nuestra época, el italiano Carlo Pascal introduce en la tradición literaria de Hipatia un nuevo elemento, al presentar su muerte como un acto antifeminista.

En 1978 Mario Luzi publica el drama historicista Libro di Ipazia, en el que interpreta la muerte de Hipatia en términos cristianos. Hipatia se sitúa muy cerca de Jesucristo, y su sacrificio se convierte en martirio.

Los fanáticos que la asesinan no son los cristianos perversos retratados por Kingsley, sino los poderes siempre presentes del mal y el crimen, inherentes a cualquier multitud. Las estructuras definitorias y los conceptos de la Europa cristiana han florecido sobre la tierra fecunda de las convulsiones y dramas alejandrinos, gracias al sacrificio de Hipatia, a pesar del fanatismo y la desesperación. La Europa cristiana es la consumación del mundo antiguo. El drama de Luzi enriquece la escasa tradición de la presencia de Hipatia en la literatura cristiana.

En Alemania, la reciente novela histórica de Arnulf Zitelmann Hypatia ha alcanzado un gran éxito de público. En el epílogo el autor repite la afirmación hecha por otros: “El ataque a Hipatia marca el fin de la Antigüedad”. Y añade: “Hipatia, la hija de Teón, fue la primera mártir de la misoginia que más adelante llegaría al frenesí con la caza de brujas”.

La idealización del paganismo

El execrable asesinato de Hipatia se ha trasformado a partir de versiones tendenciosas en un arma arrojadiza contra la Iglesia católica. Lo que fue un asesinato fundamentalmente político se ha convertido en un atentado misógino y antipagano. Hipatia tampoco fue la última pensadora pagana, pues, aparte de que más que pagana era neoplatónica y no anticristiana –uno de sus principales discípulos fue el obispo Sinesio de Cirene–, el neoplatonismo siguió floreciendo en Alejandría, y reverdecería en la cristiana Italia renacentista.

La sociedad grecorromana, profundamente esclavista, ha hecho grandes aportaciones a la historia de la cultura universal, pero no era el paraíso de la libertad que con ingenuidad han presentado algunos autores renacentistas y románticos. Precisamente el Renacimiento trató de rescatar lo más valioso de una cultura en la que millones de personas sufrieron la esclavitud y los horrores de guerras emprendidas, en muchas ocasiones, por la simple ambición de alcanzar el poder.

Cristianismo y cultura clásica

Firmado por Aceprensa ?Fecha: 23 Septiembre 2009

El tópico del paganismo culto ahogado en el siglo IV por la tosca intolerancia cristiana no se sostiene a la luz de los datos históricos. Henri-Irénée Marrou, historiador francés gran experto de la parte final de la Edad Antigua, describe en ¿Decadencia Romana o Antigüedad tardía? (Rialp, 1980) un clima cultural muy distinto.

Lo que en el caso de Orígenes era aún más o menos excepcional, se convertirá en algo normal en este siglo IV, que fue la edad de oro de los Padres de la Iglesia. Algunos de estos grandes pensadores cristianos provienen de familias aristocráticas, otros son introducidos en la clase dirigente por la calidad de su formación intelectual; son hombres cultos y se cuentan entre los mejores de su época. En el plano de la elocuencia o de la filosofía, combaten con sus mismas armas a los últimos defensores del paganismo.

La correspondencia de San Agustín (Epist. 135-137) nos introduce, por ejemplo –en el transcurso de los años 410–, en un salón literario de Cartago frecuentado por muy altos funcionarios, unos paganos, otros cristianos, todos igualmente letrados. Ello se ve claramente por el tema de las discusiones que se dan entre ellos; ante todo y sobre todo las discusiones se mantienen sobre aquello que siempre constituía la disciplina reina de esta cultura, la retórica, ese código de reglas sistemáticamente elaborado que regía el arte literario. Pero, desde ahí, la conversación se va elevando poco a poco a la esfera más alta de la filosofía, y después, con naturalidad, se extiende hacia los problemas teológicos.

Uno de los miembros del grupo, un pagano, no puede evitar plantear las dificultades que, al apartarle de la fe, le separan de sus amigos cristianos (y es, por lo demás, un pagano de la nueva religiosidad quien está hablando: a los milagros evangélicos opone los milagros, aún más extraordinarios, atribuidos a Apolonio de Tiana o la magia de un Apuleyo): el debate se prolonga dentro de una atmósfera de cortesía, de ceremoniosa educación y de perfecta fraternidad en el plano del espíritu.

Hay que subrayar aquí la sorprendente vitalidad de la cultura clásica, la cual, definitivamente elaborada a principios del periodo helenístico, conservó su prestigio durante un milenio (y en Bizancio aún más).

MÁS INFO SOBRE SAN CIRILO

http://www.primeroscristianos.com/quien_era/san_cirilo_alejandria.html

Director: Alejandro Amenábar

Firmado por Juan Orellana Fecha: 6 Octubre 2009

Guión: Mateo Gil. Intérpretes: Rachel Weisz, Max Minghella, Oscar Isaac, Ashaf Barhom, Michael Lonsdale, Rupert Evans. 126 min. Adultos. (V)

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