Esta mujer ha hecho un milagro

Se llama Sor Verónica. Dicen que es un ser especial. Que seduce y cautiva. Se le atribuye el boom de vocaciones que desde hace unos años vive el convento de la villa ducal hasta el punto de que ya tiene una ‘sucursal’ en La Aguilera

Sor Verónica necesita moverse en coche para atender los dos monasterios de los que es abadesa. Lo llamativo no es que utilice vehículo, ni que la marca de éste haya sido en ocasiones una de las más lujosas del mercado; la singularidad radica en que es un caso insólito y sin precedentes: se trata de la única religiosa que gobierna dos conventos de clausura de una misma orden porque uno se quedó pequeño debido un increíble aluvión de vocaciones y ha sido imprescindible habilitar otro para dar cabida a todas las jóvenes que han llamado a su puerta. El Vaticano asiste alborozado a esta primavera florecida en Lerma e injertada después en La Aguilera.
La Curia se ha aprestado a proteger tan asombroso brote espiritual y a dotarlo de gran autonomía, circunstancia que revela el poder de Sor Verónica a la vez que exhibe, casi como un desafío, la radical independencia de su gestión frente a la jerarquía eclesiástica española. «Tengo línea directa con el Santo Padre», le han escuchado decir en más de una ocasión. Antonio María Rouco Varela, arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, se entusiasmó tanto que ideó un macroproyecto: un gran monasterio cercano a la localidad madrileña de Colmenar que diseñaría el prestigioso arquitecto Santiago Calatrava. Para chasco de Rouco, que ya no frecuenta con la periodicidad de antaño la villa ducal, Sor Verónica no aceptó. Prefirió permanecer en Burgos, aunque eso supusiera tener que dividir a sus hermanas. Al menos por el momento, ya que en torno a la abadía de La Aguilera, cedida por los franciscanos, se están edificando sendas construcciones con una inversión millonaria.
Ni siquiera la Diócesis de Burgos, de la que dependen ambos monasterios, tiene una comunicación fluida con éstos, como revela el hecho de que desconozcan el número exacto de monjas con que cuenta hoy la comunidad, si bien afirman que superan las 130 y que hay una lista de espera no muy inferior a esa cifra. Con la imparable crisis de vocaciones que arrastran desde hace años todas las órdenes religiosas y que está provocando la extinción de no pocas comunidades, lo que sucede con Sor Verónica al frente de estos conventos burgaleses se considera poco menos que un milagro.
¿Quién es Sor Verónica? Un enigma. Y no uno cualquiera, porque esta monja clarisa está protagonizando uno de los acontecimientos más deslumbrantes acaecidos en el mundo cristiano en las últimas décadas. Guapa, ojazos verdes, culta, Sor Verónica se llamó una vez María José Berzosa. Arandina del año 1965, fue la pequeña de un matrimonio que tenía ya cuatro hijos, todos varones. Fue tal la alegría de la llegada al mundo de la niña que su abuelo celebró la noticia de que era hembra tirando cohetes. En referencia a ese pasaje, y casi como una premonición, dice Sor Verónica que nació «dando guerra».
Tuvo una infancia feliz -«mi hogar era un verdadero nido de amor y calor», recuerda en el libro Clara, ayer y hoy-. Un hogar en el que la religión se vivía con gozo e intensidad, y en el que ya destacaba uno de sus hermanos: Raúl, hoy obispo auxiliar de Oviedo, y sin duda gran influencia de Sor Verónica tanto entonces como ahora.
Fue una chica rebelde, como todos los adolescentes; conoció los encantos de la noche, del amor, de los amigos; coqueteó con la música, el baloncesto e inició la carrera de Medicina. Algo sucedió entonces, porque poco tiempo después, apenas unos meses de haber comenzado los estudios, lo dejó todo y se retiró del mundo. Tenía 18 años cuando decidió ingresar en el convento de clarisas de Lerma.
Las monjas de entonces la tenían por una muchacha de carácter alegre, algo traviesa -solía fumar a escondidas- pero de todo punto especial. Un diamante en bruto cuyo fulgor se intuía y que, de conseguir conservarlo, de lograr que superase las noches oscuras del alma, podría acabar deslumbrando. Menos de diez años después, y ya convenientemente pulida, esa joya se convirtió en maestra de novicias, un cargo clave en la comunidad, gracias a hermanas como Sor Pureza y Sor Blanca, verdaderos baluartes en su formación. Fue a partir de entonces cuando su arrolladora personalidad pudo desplegar todo el magnetismo y la capacidad de seducción que atesoraba.
Sencilla, espontánea, original, creativa e inteligente, Sor Verónica viene ejerciendo desde hace quince años un poderoso influjo que ha contribuido a una eclosión sin precedentes de nuevas y masivas vocaciones. Decenas de jóvenes en su mayoría menores de 30 años, casi todas universitarias, muchas procedentes de familias de posibles, buena parte de éstas militantes de movimientos como Camino y Liberación o Camino Neocatecumenal, han seguido su ejemplo. Sin embargo, al margen de los familiares o de los miembros de estos grupos cristianos resulta difícil, casi imposible, conocer de cerca el milagro de Sor Verónica, que protege con su ala poderosa cualquier injerencia del exterior.
Rechaza de plano hablar con la prensa, si bien ha permitido el acceso a algunos medios afines a los movimientos antes citados. Con todo, ese cultivado mutismo, aureolado de misterio, ha conseguido ser una eficaz herramienta publicitaria. Al contrario que otros priores, casi convertidos en estrellas mediáticas, la discreción de Sor Verónica es un éxito rotundo: está en boca de todo el mundo y su enigma es un reclamo de campanillas para quienes han sentido la llamada. Aunque causa más admiración que indiferencia, no todas las visiones de este fenómeno son positivas. Hay quienes ven en ese celo extremo de su intimidad cierto ocultismo insano por donde asoma la sombra de la sospecha en forma de palabra de inquietantes resonancias: secta.

Una renovación

«No hay que buscar iluminismos ni pseudomisticismos, es una alegría pero no exenta de ser observada con lupa. Hasta que se demuestre lo contrario, es una noticia magnífica, maravillosa para la Iglesia», aseguran fuentes cercanas a esta comunidad. «Se ha producido un crecimiento inusitado, más aún en el caso de las mujeres, más aún en el caso de la clausura. Es un verdadero prodigio. Y Sor Verónica es la gran responsable, la que ha obrado el milagro», apostillan. Siendo esto cierto, sin embargo hay voces que en el propio seno de la Iglesia se preguntan por qué no se aprovecha tan portentosa circunstancia para revitalizar conventos que sobreviven a duras penas y cuyas horas están contadas. Al contrario, se ha permitido el cierre del monasterio de clarisas de Briviesca y el traslado e ingreso de éstas en el de Lerma.
Hace ya algunos años se creyó que esta orden tenía como objetivo establecerse a lo largo del Camino de Santiago, crear una red de centros que conjugarían monjas de clausura y monjas activas que atendieran a los peregrinos y fomentaran una vertiente más social y cultural sin desatender, claro está, su carisma franciscano. Pero la realidad ha sido otra bien diferente. Todo parece indicar, apunta un religioso que ha presenciado desde dentro el milagro de Lerma, «que se va hacia una separación del espíritu tradicional de las clarisas, que se pretende crear algo nuevo en la sociedad, algo que no sería una novedad para la Iglesia, ya que de cuando en cuando, del tronco común, se han producido lo que podríamos llamar renovaciones».

Ciertos riesgos

En esa misma línea se manifiesta otro religioso, teólogo que observa el fenómeno con sus pros y sus contras. «Hay que reconocer el valor de Sor Verónica y de las personas que están con ella. Han logrado un lenguaje juvenil, una nueva forma de expresión. También han conseguido darle un valor a la comunidad que posee mucha fuerza y que está por encima de la persona». Pero precisamente por ese carácter gremial, señala, se abren algunos interrogantes. ¿Hasta qué punto esa dinámica de comunidad tiene tanta fuerza que vampiriza la parte de desarrollo antropológico de la persona? «Esto puede crear a la larga problemas serios. Es lo que ya sucedió en la vida religiosa en los años 50, 60 y 70, cuando a la anulación de todo lo individual le siguieron todas las crisis de vocaciones».
Otra inquietud, acaso más seria y delicada, hace referencia a la cristología. «Jesús, que es el referente de su vida, tiene que ver con los excluidos, con la realidad del mundo de hoy. Dado el contexto religioso en que se mueven y los grupos laicales que tienen detrás, ¿hasta qué punto ese Cristo, centro de su vida, está presente en los excluidos y en los sufrimientos del mundo?». Es aquí donde este teólogo desliza la teoría de la separación: «Aquí está surgiendo una escisión en el mundo de las clarisas, lo mismo que pasó con Santa Teresa y las carmelitas. Está surgiendo un nuevo modo de vivir esa vida de clausura. Lo que no es ni bueno ni malo. Se debe reconocer lo que es válido, pero no olvidar que habrá que responder a los interrogantes que esta nueva realidad puede plantear», concluye.

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  • angelita

    me ayudo mucho leer esta historia ,, realmente .. un verdadero testimonio de vida.
    porque aveces uno piensa que seguir a Dios te priva de muchas cosas. sin embargo vemos q se puede hacer una vida normal de un joven cualquiera pero con dios en el corazon.
    se parece mucho a las hermanas de belen. tambien tienen abundantes vocaciones y chicas muy jovenes
    ..gracias por ser el corazon de la iglesia..