Los Cuatro Dogmas Marianos

Maternidad divina

La comprensión creciente del misterio de Cristo ha ido siempre acompañada del esclarecimiento, también creciente, de las verdades relativas a María. La validez del título Madre de Dios aplicado ala Virgen María fue recordada solemnemente en el Concilio de Éfeso (431). Hermosas son las palabras de san Cirilo de Alejandría pronunciadas en tal ocasión: «Te saludamos, oh María, Madre de Dios, verdadero tesoro de todo el universo, antorcha que jamás se puede extinguir, corona de

las vírgenes, cetro de la fe ortodoxa, templo incorruptible, lugar del que no tiene lugar, por quien nos ha sido dado Aquel que es llamado bendito por excelencia». Precisamente por ser la madre de Jesús, María es verdaderamente Madre de Dios. El que fue concebido por obra del Espíritu Santo y fue verdaderamente Hijo de María, es el Hijo eterno de Dios Padre, Dios mismo. La maternidad divina de María declara al mundo la cercanía de Dios, abriéndonos al realismo dela Encarnación: aquel que María concibió como hombre, es el Hijo eterno del Padre, «Dios-con-nosotros» (Mt 1, 23).

Maternidad virginal

La mención de María como Madre Virgen ya está presente en las más antiguas fórmulas abreviadas de fe, de las cuales el mártir san Ignacio de Antioquía (+ 107) es ya testigo y transmisor: «Al príncipe de este mundo le ha sido ocultada la virginidad de María, y su alumbramiento, al igual que la muerte del Señor: tres misterios sonoros, que fueron realizados en el silencio de Dios» (Ad Efesios 19, 1). El Hijo de Dios se ha hecho carne en las entrañas purísimas de María por la sola acción del Espíritu Santo, sin concurso de varón. La que era virgen antes de la concepción, permanece siempre virgen, también durante el parto y después de él. Por eso, Jesucristo, «nacido de mujer» (Ga 4, 4), es verdaderamente Hijo del Padre celestial según la naturaleza divina e Hijo de María según la naturaleza humana. La maternidad virginal de María es expresión de su total pertenencia al Señor: entregándose libremente al plan de Dios, sin reservarse nada para sí, recibe la fecundidad plena. María Virgen es madre del Autor de la vida.

Inmaculada Concepción

Para ser la Madredel Salvador, «María fue dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante» (Lumen gentium 56). En el momento dela Anunciación, el arcángel Gabriel saludó a María como «llena de gracia» (Lc 1,28). Alo largo de los siglos,la Iglesia ha tomado conciencia de que quien así es llamadahabía sido redimida desde su concepción. Es lo que confiesa el dogma dela Inmaculada Concepción, proclamado en 1854 por el Papa Pío IX. Por la sobre abundante gracia de Dios y en previsión de los méritos de Jesucristo, María fue preservada del pecado original desde el primer instante de su existencia. Con la sabiduría de los santos, san Maximiliano María Kolbe rezaba así ala Inmaculada: «Dondetú entras, oh Inmaculada, obtienes la gracia de la conversión y la santificación,ya que toda gracia que fluye del Corazón de Jesús para nosotros, nos llega a travésde tus manos». Tres aspectos de nuestra fe fueron subrayados de modo singularcon la proclamación del dogma dela Inmaculada: la estrecha relación que existe entrela Virgen María y el misterio de Cristo y dela Iglesia, la plenitud de la obra redentora cumplida en María, y la absoluta enemistad entre María y el pecado.

Asunción

Con la misma crecida inteligencia, obra del Espíritu Santo que lleva a la verdad plena (cf. Jn 16, 13), el Papa Pío XII proclamó, en 1950, que la Virgen Inmaculada, «terminado el curso de su vida en la tierra, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo y enaltecida por Dios como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores y vencedor del pecado y de la muerte».Al ser asunta al Cielo en cuerpo y alma,la Virgen María participa de modo singular en la resurrección de su Hijo, anticipándose en Ella la resurrección de los demás cristianos que acontecerá al final de los tiempos, cuando Cristo venga en gloria. Contemplando a María, la toda santa,la Iglesia ve en Ella lo que ella misma está llamada a ser.

José Rico Pavés

Alfa y Omega 548.

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