¡NO LO QUEREMOS!

Esta historia ocurrió hacia el final de la década de los 30 del s. XX en Egipto

   Un pueblo de rojas casas de adobes fulgurando suntuosamente entre los verdes palmerales y el agua del Nilo; pueblo siniestro, en el que imperan el odio y el terror: cristianos y musulmanes, católicos y ortodoxos, católicos y católicos, todos están divididos entre sí en bandos irreconciliables.

            Día tras día se suceden los homicidios y las represalias: diecisiete asesinatos en 1936. Como es natural, la Policía nunca da con el culpable: son asuntos que se liquidan sin necesidad de testigos. Desde que el sol se oculta nadie se aventura a salir de su casa. En el silencio de la noche se oyen los aullidos de los perros que merodean por entre las tumbas del desierto. Durante el día los campesinos van a trabajar a su heredad armados con un fusil, viejo o nuevo.

            Se trataba de nombrar párroco para este pueblo. El obispo se lo propuso al padre Boulos, joven sacerdote que acababa de salir del Seminario. Bajo de talla, de salud endeble, tímido pero ardoroso. Lo aceptó con entusiasmo.

            Pero no había marchado todavía cuando he aquí que ya comenzaron a llegar al obispado informes y cartas anónimas: no querían curas en aquel pueblo, ni los católicos ni los no católicos. Lo dejarían morir de hambre y de hastío; más aún, tenían la intención de envenenarlo en alguna de sus visitas…

            El obispo llamó al padre Boulos, le puso al corriente de todo y le cambió el destino.

            -Señor obispo, permítame que obedezca al primer nombramiento.

            -Pero, hijo mío, por ese camino vas a la muerte. Yo no tengo derecho a exponerte a ello inútilmente.

            -No será inútilmente, señor obispo.

            -¡Pero no es prudente ir! Allá se las hayan los de ese pueblo; lo tienen merecido.

            -Me siento especialmente movido a ir allá. Concédame ese favor, señor obispo, se 1o suplico . …

            Después de largas cavilaciones, el obispo no quiso contrariar la llamada del Espíritu Santo y deió partir a su pequeño sacerdote, mientras lo bendecía con lágrimas en los ojos.

            El padre Boulos llegó un sábado a la casucha, abandonada de mucho tiempo atrás, que hacía veces de casa cural. Nadie salió a recibirlo, y fingieron no darse por enterados de su llegada.

            Al día siguiente, después de haber golpeado largo rato un leño que servía de campana, celebró la Misa, solo, en la iglesia desierta y sucia. Luego puso manos a la obra: blanquear la iglesia, barrerla, limpiarla, guardar en ella e1 Santísimo, orar; esas fueron sus primeras ocupaciones.

            Al mismo tiempo intentaba entrar en contacto con aquellas gentes, pero por todas partes encontraba la misma desconfianza y recelo; nadie hablaba con él, ni siquiera por curiosidad.

            Iba vestido de larga túnica azul y manto oscuro; llevaba gorro encarnado con amplio ribete negro. A su paso, los rapaces huían de él, le tiraban piedras, y se rascaban la cabeza para conjurar todo maleficio y como señal de desprecio. No podía encontrar un monaguillo, ni una buena mujer que quisiera cocinarle y lavarle la ropa. Estaba terriblemente solo. A veces, durante la noche, oía disparos muy cerca de su misma casa.

             Sin embargo, él se comportaba como si le hubiera tocado en suerte la mejor parroquia del mundo: siempre tan cortés, tan sonriente, tan amable. A1 pasar por aquellas callejuelas era el primero en saludar con voz dulce -«¡que Dios os bendiga!»- aunque no le devolvieran el saludo. No se incomodaba, no pedía nada, no tomaba ninguna precaución. Daba confianza a unos y a otros, y cuando pretendían comprometerlo en favor de uno u otro bando, callaba. Había adquirido una gran fuerza con su silencio.

            Al cabo de cinco meses, aparentemente la situación no había mejorado. El padre Boulos ayunaba, oraba, sufría en su interior, lo consumía su propio celo represado… e iba enflaqueciéndose. Escribía a su obispo: «No se inquiete, yo hago aquí la vida de nuestros antepasados los Padres del desierto que, por cierto, no es del todo incómoda . . . ». Pero el cerco hostil de aquellos campesinos, duros y tenaces, no presentaba la menor fisura.

            Un domingo, después de haber cantado 1a Misa mayor lo mismo que si la iglesia hubiera estado llena de fieles, el padre Boulos sintió frío a pesar del calor asfixiante de ,julio, y terminó antes que de costumbre su oración ante el sagrario. Envuelto en su única manta, se había acostado en la banqueta que le servía de lecho cuando, sin llamar a la puerta, entro un hombre:

            -Mi madre está enferma y quiere confesarse y comulgar. ¡Ven!

            Por fin, una llamada, la primera, a su sacerdocio. ¡Bendito sea Dios!.

            A pesar de su extrema debilidad y su estado febril, el padre Boulos no vaciló un momento en levantarse. Poco después seguía a aquel hombre, y administró a la anciana el sacramento de la Unción y 1e dio la Comunión. Después, tiritando de fiebre, pero contento porque su primera visita a domicilio había sido en compañía de nuestro Señor, el padre Boulos volvió a acostarse…

            Al día siguiente no se le vio entrar ni salir de la iglesia; no se le vio pasar por la calle, como todos los días, a buscar agua y hacer su compra en el mercado. Pero aquellas gentes se habían habituado a aquella silueta menuda y afable; se habían habituado a su saludo, y les parecía como que faltaba algo en su mundo de todos los días.

            Y, sin ponerse de acuerdo ni decirse palabra, algunos musulmanes, ortodoxos y católicos, entraron en la casucha. Allí pudieron verlo tendido en la sombría estancia: su pequeño párroco… estaba muerto.

            Entonces, aquellos hombres rudos se acercaron y, uno tras otro, fueron tornando la mano que pendía exánime y la llevaron a sus labios y a su frente, mientras un sollozo contenido apresaba sus gargantas. Después de contemplar en silencio el cadáver, se miraron unos a otros, se vieron de pronto libres de odios y rencores… y se abrazaron.

            Corrió veloz la triste nueva. Y, ¡cambio sorprendente!, todas aquellas gentes fueron presurosas a postrarse ante el cadáver del sacerdote. Por primera vez desde hacía mucho tiempo los hombres salieron de noche y sin armas, y velaron el cadáver corno acostumbran a velar los de aquella región: en cuclillas y sin pronunciar palabra.

            Y cuando llegó la hora del entierro ocurrió algo inesperado: pidieron que el féretro se detuviera en el umbral de cada casa para bendecirla; quisieron que su párroco hiciera ahora lo que no logró hacer en vida. También quisieron que, unos tras otros, todos llevaran en hombros a aquél que con tanta dulzura y mansedumbre había sabido sobrellevarlos a todos. Y aquella procesión nunca vista, que venía a ser la gran reparación, la gran reconciliación, duró ¡seis horas!

            Hoy, aquel pueblo, antaño siniestro, es una de las mejores parroquias de la diócesis de Tebas.

            H.C. AYROUTH, S.J.

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